Historia General del Pueblo Dominicana Tomo IV
216 El protectorado de los Estados Unidos asumirían el poder de nombrar ciudadanos norteamericanos como interven- tores de la aduana en hasta cuatro puertos dominicanos. El Laudo le vino al gobierno de Morales Languasco como crónica de XQ GHVDVWUH DQXQFLDGR 6X PLQLVWUR GH 5HODFLRQHV ([WHULRUHV -XDQ )UDQFLVFR 6iQFKH] OH H[SUHVy VX ©VRUSUHVDª \ ©GLVJXVWRª DO ~QLFR DUELWUR GRPLQLFDQR Manuel de Jesús Galván, por haberse conformado con una sentencia «que no YDFLODPRV HQ FDOLÀFDU GH LQMXVWD \ KDVWD SRGUtDPRV DJUHJDU GH FUXHOª 25 En algunos precintos del Cibao estallaron agitaciones revolucionarias. «El Laudo Arbitral nos ata las manos ahora y para luego», declaró el presidente a Emilio C. Joubert. Morales Languasco transmitió una protesta formal contra el Laudo, alegando que «es un principio universalmente apoyado por todos los tratadistas que los Estados no pueden declararse incapacitados para seguir vi- viendo vida autonómica». 26 El presidente apeló al recién articulado principio GH /XLV 0 'UDJR PLQLVWUR GH 5HODFLRQHV ([WHULRUHV GH $UJHQWLQD VREUH ©OD prohibición de la fuerza para apoyar reclamaciones derivadas de empréstitos públicos», dado que el Laudo «equivale a una intervención disfrazada». 27 Además de no reconocer al Laudo, el presidente Morales Languasco le pidió al Congreso Nacional conducir una investigación del arbitraje y las im- plicaciones del referido fallo para la soberanía dominicana. Aún pendientes los resultados de la investigación, el Departamento de Estado insistió en que se acogiera el Laudo, ya que «el Gobierno de los Estados Unidos no puede comprometerse a revisar y deshacer la decisión unánime de los Árbitros». A la postre Morales Languasco lo aceptó: «Nos hemos sometido a una imposi- ción», confesó a su vicepresidente Ramón Cáceres, «que procuramos resistir hasta el último momento, sin resultado desgraciadamente». 28 Como Moore había predicho, el país no pudo cumplir con el primer SDJR D OD ,PSURYHPHQW (O PLQLVWUR GH 5HODFLRQHV ([WHULRUHV -XDQ )UDQFLVFR Sánchez, se dirigió al embajador norteamericano, el cual «conoce bastan- WH ODV FRQGLFLRQHV UHQWtVWLFDV \ ÀQDQFLHUDV GHO SDtV SDUD VDEHU TXH QR HVWR\ estableciendo falsedades; por lo cual puedo asegurar aquí que la República Dominicana no podría, sin desatender su presupuesto interior y descuidar sus demás compromisos, efectuar en este primer año un pago de $450,000». 29 Esa falla fue el gatillo que precipitó la intervención de los Estados Unidos. En :DVKLQJWRQ 0RRUH SLGLy TXH HO QXHYR DJHQWH ÀQDQFLHUR QRPEUDGR SRU HO presidente Roosevelt fuera nadie menos que John T. Abbott, vicepresidente de la Improvement, una persona bien conocida y rotundamente odiada en Santo Domingo. Roosevelt aprobó la selección, y también se convalidó otra sugerencia de Moore de que a la llegada de Abbott en Puerto Plata recibiera «el apoyo moral de la presencia de un barco de guerra norteamericano». 30
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