Historia General del Pueblo Dominicana Tomo IV
182 La ciudad de Santiago SRU OD RÀFLDOLGDG GHO &XHUSR GH %RPEHURV³ D ODV TXH DVLVWtDQ HO JREHUQDGRU y demás autoridades locales, junto a la Banda Municipal de Música y un pi- quete del Cuerpo de Bomberos. El Sábado Santo se repicaba gloria en las dos parroquias a las diez de la mañana, mientras se producían descargas. La liturgia tenía como ejes centra- les la bendición de «la luz nueva y de los cinco granos de incienso en la puerta principal, bendición del Cirio Pascual, canto de las profecías, consagración de la Pila Bautismal, canto solemne de las Letanías»; les seguían los kiries de la misa solemne, en la que se entonaba el *ORULD LQ H[FHOVLV , y luego de esta las vísperas solemnes. El Domingo de Resurrección había misa solemne al amanecer y partían desde las dos parroquias las procesiones del Santísimo Sacramento y la Resurrección del Señor; el Centro de Recreo, el Club Santiago y el Club de Damas tenían banquetes y bailes y el Soberano Capítulo Getsemaní No. 2, que también tenía cultos Jueves y Viernes Santos, celebraba este día la ceremonia de la renovación de las luces. Lo más llamativo del último día de la Semana Santa era el Aleluya en el mercado público, donde los muchachos tenían una hora para despojar a las vendedoras de las vituallas que vendían. 'HVSXpV GH 6HPDQD 6DQWD WHQtDQ OXJDU RWUDV ÀHVWDV YLQFXODGDV FRPR OD Ascensión, 40 días después del Domingo de Resurrección, y Pentecostés, 10 GtDV GHVSXpV GH OD $VFHQVLyQ /RV RÀFLRV HQ OD IHVWLYLGDG GH OD $VFHQVLyQ WHU - minaban con el canto de la Nona y la bendición del Santísimo Sacramento, que luego se encerraba. De su lado, el Domingo de Pentecostés, quincuagésimo día después del Domingo de Resurrección, que ponía término a la Pascua, era una ©ÀHVWD GH SULPHUD FODVH FRQ RFWDYD SULYLOHJLDGDª FHOHEUDGD FRQ PLVD VROHPQH ©FRQ H[SOLFDFLyQ GHO HYDQJHOLRª R ©PLVD GLDFRQL]DGDª \ VHUPyQ (Q OD YtVSHUD se procedía a la «consagración de las aguas bautismales con los santos óleos nuevos». Como colofón, el octavo domingo después de Pentecostés estaba con- sagrado a honrar la «Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo». Otras celebraciones de un carácter diferente merecen igualmente resal- tarse por su impronta en el imaginario colectivo. Las primeras las constituían las vinculadas al recuerdo de la muerte. Estas tenían a las honras fúnebres FRPR VX PD\RU H[SUHVLyQ \ HUDQ RUJDQL]DGDV HQ RFDVLyQ GH OD PXHUWH GH XQD ÀJXUD UHOHYDQWH (Q ORV IXQHUDOHV HO RÀFLDQWH LED YHVWLGR GH ULJXURVD HWLTXHWD fúnebre y se interpretaban la misa de réquiem de L. Bordése, el Invitatorio de Cosme Benito y la marcha fúnebre de Chopin. En un rango menor se HQFRQWUDEDQ ODV PLVDV GH UpTXLHP RÀFLDGDV FRQ PRWLYR GHO DQLYHUVDULR R HO novenario de la muerte de algún deudo, seguidas de una visita al cementerio SDUD GHSRVLWDU ÁRUHV HQ VX WXPED
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