Historia General del Pueblo Dominicana Tomo IV

381 Historia general del pueblo dominicano QR SOHJDUVH D ODV H[LJHQFLDV GH ORV QRUWHDPHULFDQRV HO *RELHUQR SURYLVLRQDO del doctor Henríquez dejó de recibir recursos de la Receptoría General de Aduanas, administrada por los Estados Unidos desde 1905. El Estado domi- nicano terminó por perder verdadera jurisdicción o contenido efectivo. 43 Se generalizó en consecuencia un vacíode poder en granparte del país. Las tropas norteamericanas se limitaban a ocupar unas pocas ciudades. Mientras tanto, las autoridades dominicanas habían sido desautorizadas, despojadas de armas y apartadas del control del territorio por parte de la tropa estadou- QLGHQVH 7DO YDFtR FRDG\XYy D TXH OD LQVXUJHQFLD FUyQLFD VH H[SDQGLHUD VLQ que siquiera tuviera que proponerse una oposición directa a los invasores. Más bien al parecer, caudillos u hombres fuertes manejaron la situación para ganar posiciones por medio de las armas y procedimientos que los asimilaban a partidas sediciosas. Aprovechaban la disposición de apoyo a la insurrección que generaba las medidas tomadas por los norteamericanos, particularmente el desarme, aunque también el hecho de que no pocos hombres del campo decidieran enfrentar la vulneración de la soberanía nacional. Pero los intentos patrióticos, distintos a los de la tradición caudillista o «gavillera», no pros- peraron a causa de la renuencia de los habitantes de las ciudades a tomar las armas, en contraste con las aseveraciones que se hacían esos días. Esto se puso de relieve con motivo de la rebelión iniciada en La Romana por el general Raúl García Rivas, quien al poco tiempo se vio obligado a deponer las armas. En los alrededores de Santo Domingo se conformó el epicentro de lo TXH KXER GH UHVLVWHQFLD OR TXH HV H[SOLFDEOH SRUTXH OD FDSLWDO GHO SDtV VH - JXtD VLHQGR HO OXJDU FRQ PD\RU SUHVHQFLD GH WURSDV H[WUDQMHUDV \ HQ VX FHU - canía era donde estas se proponían iniciar la aplicación de sus programas. Posiblemente el más connotado de los cabecillas que aparecieron esos días fue Emilio Guerrero, un sujeto de porte duro y carente de toda consistencia moral o postura patriótica (al grado de que, años después, fue un conspicuo colaborador de los invasores), quien encabezó centenares de adherentes en la zona de San Isidro, Guerra y Los Llanos. Esta formación armada, que por momentos superaba los doscientos integrantes, se dedicó a asaltar comercios, haciendas e incluso atacó el ingenio San Isidro y sus instalaciones. 44 Hubo otras cuadrillas menores en esta zona, como la del veterano «gavillero» Antonio Gavilán, un poco más al norte, que operaba en condiciones de virtual impunidad. También ganaron ascendiente los reconocidos peleadores Ramón Batista y Juan Calcaño, quienes operaban coaligados por temporadas o a ve- ces en unión de otros, como Julio Bonnelly, en la franja costera entre Santo Domingo y Boca Chica. En esos meses también se alzó Gregorio Severino, un sempiterno machetero de tintes pretendidamente románticos. 45 La captura de

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