Historia General del Pueblo Dominicana Tomo IV

Historia general del pueblo dominicano 229 LQYROXFUD DOWtVLPRV LQWHUHVHV GH SROtWLFD H[WHULRU (Q HVH FDVR HO *RELHUQR VH SRQGUi KRVWLO >«@ \ WRGR VH LUi D SLTXHª 84 &RQ HO FRQVHQVR GH OD ,PSURYHPHQW \ ÀQDOPHQWH ORV LQJOHVHV VH DSUREy el plan de Hollander. Los detalles del mismo y las complicadísimas nego- ciaciones que se llevaron a cabo se encuentran cabalmente tratados en el famoso estudio de César Herrera, el cual se ha citado ya varias veces. En UHVXPLGDV FXHQWDV +ROODQGHU ORJUy UHGXFLU OD GHXGD QRPLQDO WDQWR H[WHUQD como interna, calculada en más de 30 millones, a 17 millones de dólares. Los acreedores europeos aceptaron un 50 por ciento del monto original, mientras los acreedores locales recibieron menos del 25 por ciento. La Improvement obtuvo el 90 por ciento de la cantidad que reclamaba, pero aún así lo acogió GH PX\ PDOD JDQD &RPR H[FODPy HO YLFHSUHVLGHQWH GH OD FRPSDxtD ©ORV QRU - teamericanos quedan 16 por ciento peor parados que si fuesen belgas!» 85 El Senado norteamericano aprobó la Convención Domínico-Americana el 25 de febrero de 1907, y luego de un airado debate, el Congreso dominicano hizo lo mismo el 3 de mayo. Carlos Morales Languasco no estuvo para celebrar la perfección del tratado que él apoyaba con tanta energía en 1905, ya que había renunciado y huido del país a bordo de un crucero estadounidense en enero de 1906. En frases muy parecidas a las de Morales Languasco cuando promovía la Convención a principios de 1905, el nuevo presidente, Ramón Cáceres, defendió la imperiosa necesidad de aceptarla. «La vuelta al orden, al cumplimiento de los compromisos contraídos, a la vida de pueblo civili- zado, se impone con imposición irresistible», declaró, «O procedemos en lo adelante como civilizados, o desapareceremos». 86 Finalmente entró en vigor OD &RQYHQFLyQ HO ž GH DJRVWR GH SRQLHQGR ÀQ DO 0RGXV 9LYHQGL \ SRFR GHVSXpV D OD ,PSURYHPHQW TXH ÀQDOPHQWH WUDVSDVy WRGRV VXV GHUHFKRV GHO Ferrocarril Central Dominicano, del Banco Nacional, de los antiguos bonos, y de todos sus otros intereses a la República Dominicana a principios de 1908. 87 El camino civilizado que tanto Morales Languasco como Cáceres elogia- ban como el único que podría alcanzar la paz y el progreso resultó ser una vía dura, estrecha y bien vigilada por los Estados Unidos. La Convención Domínico-Americana incluía cláusulas que, desde cualquier óptica, lastima- ban la soberanía del país. En ella el Gobierno de los Estados Unidos se com- prometió con proveer a los funcionarios norteamericanos de la aduana «la SURWHFFLyQ TXH HVWLPDEDQ QHFHVDULRª XQD FODXVXOD TXH HQ OD SUiFWLFD MXVWLÀFD - ba frecuentes intervenciones de cruceros de guerra norteamericanos ( revenue cutters WDQWR SDUD OD SURWHFFLyQ GH JRELHUQRV JUDWRV D :DVKLQJWRQ FRPR SDUD los interventores de la aduana. 88 El tercer artículo de la Convención prohi- bía que el Gobierno dominicano aumentara la deuda pública o que revisara

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